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Sergio Anselmino

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Texto: Perla Carolina Bollo
Fotografías: Sergio Anselmino

EXPEDICION PENINSULA MITRE COSTA NORTE


Aquí en la ciudad, se añora el aire fresco… la soledad…el mar…la vida en todas susformas…y la luna que todo lo transforma, como un manto plateado que se descarga sobre la playa, convirtiendo el agua en mercurio y la arena…la arena en un camino de diamantes… Sin pausa ni prisa, con un caminar sereno, la costa norte de Península Mitre va desplegándose ante nuestros ojos. La amplitud majestuosa del paisaje con acantilados que parecen haber sido perfectamente rebanados, donde la marea al subir choca con los éstos cerrando el paso.

Después de seis meses, me encuentro de nuevo fijando en mi retina un paisaje extremadamente solitario. Con el mar que se aleja de la costa por varios kilómetros con un bramido furioso para luego volver a subir. Una vez más caminar, conocer y guardar en mi memoria y en mi alma el resto de Península Mitre.

DIFERENCIAS

Esta costa comenzó impactándome por la diferencia del terreno, despojada de montañas, con playas extensas de arena o piedras pequeñas. Arriba, una estepa impecable otorga la alternativa cuando la marea al subir ocupa la playa hasta la base del acantilado.

La caminata adquiere un ritmo diferente para mí, nunca imaginé que aquella costa me dejara caminar y caminar a un paso sereno pero constante. Paso a paso, el paisaje va abriéndose como un espectáculo en sus distintas escenas. Un cabo, una gran playa y a lo lejos, otro imponente cabo; el cual por supuesto, es precedido por otra playa. Cada playa una caja de sorpresas…

LA PARTIDA

Partimos de Estancia María Luisa. A las seis de la tarde caminamos adaptándonos, poco a poco, al peso de las mochilas. Sabíamos que a medianoche la marea baja nos dejaría cruzar el río Irigoyen, por lo tanto teníamos 5 horas para llegar a la desembocadura. Bajamos a la playa y la caminata se hizo más rápida, llegamos al Irigoyen.

Ya completamente de noche nos dirigimos mar adentro buscando la unión del río con el mar, allí el cauce del mismo desaparece y no hay profundidad. Caminamos enérgicamente y con los efectos del frío en las piernas y los pies doloridos por las piedras, llegamos a la otra orilla. Aprovechando la luz de la luna y una noche sin viento, continuamos caminando en busca de un lugar para acampar hasta que divisamos una estructura de troncos y allí armamos la carpa para dormir, sabíamos que al otro día nos esperaba una larga caminata.

LA CHAIRA

Muy temprano, teníamos nuestras mochilas puestas y retomamos camino a La Chaira. Cerca del mediodía divisamos el puesto. Siete perros salen a nuestro encuentro; al llegar, Don Oyarzún, que vive en el puesto desde hace muchos años, nos invita a entrar y compartimos un café con unas riquísimas tortas fritas hechas por él y una agradable charla.

Nos ponemos otra vez en marcha, desde lejos divisamos dos cóndores en la playa, al acercarnos descubrimos cuál era el trabajo que estaban realizando. Lo que parecía ser un delfín de casi dos metros de largo, con la cola totalmente enredada con algas, estaba siendo comido por estos vitales carroñeros.

CABO LETICIA

Nos recibe el puesto Leticia, ubicado muy cerca del mar, al entrar sorpresiva y violentamente un pájaro sale volando y vemos en un rincón apenas escondido entre maderas, un pequeño nido conteniendo tres pichones. ¡Sin palabras!

Con una anatomía totalmente desproporcionada, se contorsionan peleando por el espacio en el nido, aun con los ojos cerrados los pichones se mueven y empujan entre sí. Me hubiese gustado tocarlos pero me conformé con haberlos visto, esa pequeña vida con sus misterios, con su lucha por sobrevivir. Dejamos las mochilas y nos quedamos sentados disfrutando de una tarde de sol increíble, quizás uno de esos momentos en donde el viento se toma un descanso también.

“La vida apacible” es mi carátula para aquellos momentos, en los que el tiempo parece detenerse con el solo fin de que logremos ser realmente parte del lugar, del momento en el que existimos, que es el único que existe, y que solo nos quede “disfrutar”. Una tonina pesca muy cerca de la playa. A unos metros más adelante un cachalote varado en la costa, aparentemente desde hace varios meses, se encuentra cubierto de gaviotas y petreles gigantes que comen lo poco que va quedando; el banquete es abundante aún.

La cola del cachalote mantiene su forma, pero con el paso del tiempo el resto del cuerpo ha sido deformado y cubierto por la arena.

El río Leticia o Noguera Llegamos a la orilla casi al atardecer, dos horas antes de la marea baja. Prendemos fuego cerca de la desembocadura y cenamos, acompañados con un nuevo espectáculo de color y de sonido, como el que provoca el desagüe del río al hacer caer las pequeñas piedras por las que está formado el borde de su cauce. Ya no quedan tonos celestes ni rosas, el cielo ya azul se prepara para recibir al plenilunio. Me siento a escribir mi diario… Es difícil ponerle palabras a la majestuosidad de la naturaleza que habita en esta Península. Sublime…. Una estrella fugaz estalla y, casi parece, se va a sumergir en el infinito horizonte de mar que se encuentra delante de nosotros pero no… Se esfuma y desaparece.

Nos preparamos para cruzarlo, comenzamos a caminar mar adentro, casi 200 metros paralelos al río, avanzamos por la playa que dejó el mar al retirarse, al fin nos encontramos con la fusión de esas dos aguas que seguramente durante miles de años se siguen juntando. La oscuridad ahí, es diferente o quizás la idea de estar dentro del mar da esa sensación. El cruce con el agua helada más arriba de las rodillas dura aproximadamente 10 minutos, el fondo es muy pedregoso y la fuerte correntada obliga a un paso lento, concentrados para controlar el frío y el dolor en los pies, logramos llegar a la costa. Nos lleva unos minutos secarnos para continuar.

CAMINO AL RIO BUENO

Conscientes del peligro que significa caminar de noche, nos planteamos la posibilidad de continuar para aprovechar la marea baja y cruzar el río Bueno, que se encuentra aproximadamente a una hora y media de caminata desde donde nos encontramos. Decidimos seguir por la costa, la cual a minutos nos sorprende con un fantasmal panorama formado por enormes piedras desprendidas desde un abrupto y alto acantilado. Pequeñas cuevas erosionadas inventan profundas sombras. La luz de mi linterna frontal ilumina una vaca muerta con el cuello quebrado, seguro desbarrancadas del alto acantilado: una más de las tantas que vimos en toda la costa. Ahora la playa es libre de piedras y caminamos con las linternas apagadas, nuestra vista se acostumbra a la tenue luz de la luna, es una sensación hermosa. La idea de que no nos encontrábamos solos se confirma cuando Sergio me señala la silueta oscura de un Zorro Colorado que nos observa muy atento… y seguro sorprendido, como nosotros.

RIO BUENO

El río Bueno corre casi paralelo al mar en el último tramo antes de desembocar, formando una pequeña curva. Una vez más el pedregullo se hace sentir al igual que el frío del agua, pero esta vez, el caudal es mayor y ayudándonos con los bastones cruzamos con el agua a los muslos a paso lento pero firme.

Son las 2 de la mañana, un día intenso de 18 horas de caminata finaliza dentro de nuestra carpa. Totalmente agotados caemos en un profundo sueño hasta el amanecer del otro día.

Saliendo del río Bueno, de repente el terreno se eleva considerablemente, comenzamos a subir sobre lo que parece un tapizado verde, únicamente el pasto, sin ninguna otra vegetación, inunda varios kilómetros a la redonda. De atrás de una loma aparece de repente una majestuosa tropilla de más de quince caballos salvajes, curiosos nos observan guardando una pequeña distancia, nosotros felices. La subida termina abruptamente en forma vertical, debajo de la misma se ve otra vaca muerta, la que está sirviendo de desayuno a cuatro cóndores, que sobresaltados levantan vuelo, rápidamente dos Carancho Australes se abalanzan hacia la víctima.

A dos horas de caminata el primer y merecido descanso llega y nos detenemos en una pequeña bahía. Una pareja de Zorros Grises merodea cerca de nosotros o mejor dicho, nosotros merodeábamos cerca de ellos: ya que ellos estaban primero. Sergio se dirige hacia la playa y desde allí me llama pidiéndome que me acerque con la cámara de fotos y la filmadora. Mezclado con las piedras, apenas se deja ver la proa de hierro de un barco, ésta delata un naufragio más de los tantos que encontraríamos en aquellas playas. Nos acercamos y encontramos restos del mismo esparcidos por todos lados. A cuarenta metros de allí, como un tótem, se yergue una gigantesca ancla de más de dos metros de alto, oxidada y en parte cubierta de algas, quedó como testigo de una costa peligrosa, de la cual muchas embarcaciones fueron víctimas.

Después de aproximadamente dos horas más de marcha, nos encontramos con el mítico Duchess of Albany. Me da escalofríos pensar aquella situación descontrolada, en donde en gigante de hierro y madera golpeaba contra las piedras destruyéndose y la desesperación de las personas a bordo. Con el horario de la marea baja para cruzar el río Policarpo aceleramos el paso. Con cincuenta metros de ancho en la desembocadura, una fuerte correntada y el mar algo agitado, el Policarpo se despliega con una fuerza y apariencia muy particular. Nos disponemos a cruzar, caminamos con el agua a los tobillos, luego a las rodillas y luego a los muslos, el agua parece estar más fría que nunca. De un momento a otro el agua vuelve a darnos en las rodillas indicando que ya estamos saliendo del cauce y con dos pasos más, cargada ya con la ansiedad de salir a la orilla, siento que el piso cede y me hundo.

El agua me llega al cuello, busco a Sergio desesperada, lo veo intentando hacer pie, intento hablar pero no puedo, el agua fría que bruscamente me cubrió, me generó un espasmo que me deja casi sin aire, giro para ver que costa tengo más cerca y no hay alternativa; tengo que seguir cruzando… las olas me pegan en la cara y la situación parece descontrolarse en un segundo. Yo, agarrada con la mano izquierda a la mochila de Sergio que me ayuda a atajar las olas, comienzo a nadar. Cada brazada un gran esfuerzo, nado con todas mis fuerzas y comienzo a avanzar con la mente solo en la orilla; ya nada existe, ni el frío, ni la correntada, ni las olas, solo quiero salir de ahí.

Sergio adelantándose, me indica que ya hace pie. Llego y hago pie, él me recibe… Estoy exhausta, no puedo dejar de temblar y estamos completamente mojados. Extendemos las bolsas de dormir para que yo me meta adentro mientras Sergio enciende fuego. Intento entrar en calor, un ruido constante me distrae: Clac! Clac! Clac!, intento pensar solo en recuperarme y el ruido nuevamente y más constante, llama mi atención. Clac! Clac!Clac!, saco la cabeza para ver qué sucede y siento que Sergio al lado mío respira tranquilamente, el techo de la Estancia Policarpo nos protege de la lluvia que empezó a caer y provoca aquel agradable ruido… Fue una pesadilla… Estamos durmiendo en Policarpo… Respiro profundamente varias veces y no logro tranquilizarme, la imagen del mar que casi me arrastraba está muy fresca, no puedo volver a dormir.

ESTANCIA POLICARPO

Elevada y privilegiada ubicación delante de la Caleta Falsa. Un día de descanso para recorrer el lugar y disfrutar el paisaje y también para limpiar y ordenar, ya que deja mucho que desear la basura y el desorden que increíblemente hay en el lugar, por la simple razón de, que siendo un lugar tan alejado, es inconcebible que dejen tanta basura y se genere ese desorden. Bidones de nafta, botellas de vidrio, bidones de aceite se encuentran desparramados por los alrededores de la estancia. No es justo. Aunque mas no sea por respeto al que vendrá, al que llegará en las condiciones en que sabemos aquellos que hemos llegado a Policarpo (sabiendo lo que cuesta llegar) y lo gratificante que es encontrar un lugar limpio y ordenado que denota nada más ni nada menos que la consideración de alguien que estuvo antes que nosotros y que sin saber, o sabiendo quienes somos, solamente por respeto entre seres humanos y aún más importante por respeto a la naturaleza, dejo todo limpio.

BAHIA TETHIS

Al día siguiente nos encontrábamos caminado rumbo a Bahía Tethis. Nos acompañó el sol y un numeroso grupo de Cóndores y un cálido día. Llegamos después de haber atravesado grandes extensiones de turba acompañados también por innumerables guanacos. Desde un pequeño cerro, pudimos apreciar una vez más la Isla de los Estados, impactante y lejana. La bahía cargada de sensaciones nos recibe, los puestos que alguna vez viera en fotos hoy estaban al alcance de mis manos, la historia de los tiempos en los que se faenaban los lobos marinos, está testimoniada por la cantidad de huesos esparcidos por toda la playa y un montón de cueros que aún se encuentran apilados, llenos de sal.

Hermosa y triste Bahía Tethis, no puede desprenderse de lo que fue una vez. Emprendemos el regreso por la costa propiamente dicha, sumando restos de naufragios… Sumando paisajes… Sumando sonidos y sumando, esta vez, una lobería con los lobos plácidamente durmiendo al sol, más zorros y una colonia de cormoranes imperiales; un atardecer que nos acompaño hasta llegar de regreso a Policarpo, después de 12 horas de caminata. Bajo nuestros pies, turba, arena, piedra, agua. Rodeándonos, ese aire tan puro, ese sol que fue un regalo. Y sobre nosotros el cielo por manto que nos cubre, que a veces nos moja y, en otros, nos deslumbra desplegando miles de estrellas.

Una vez más esta tierra encantó mis sentidos y me alegró el alma.

Encantadora Tierra del Fuego, algo más que tierra, algo más que aire, algo más que agua.

El cruce del río Policarpo no fue una pesadilla, fue una realidad de la cual aprendimos mucho. Los ríos de Península Mitre, en la costa norte, se caracterizan por estar muy influenciados con las mareas. Éstas modifican permanentemente sus cauces, sus desembocaduras y sus profundidades. Debido a estas transformaciones, deben ser extremadamente respetados.

Ahora en casa, recorro con el mouse el Google Earth y me siento muy afortunada en haber recorrido en 7 días aproximadamente 350 kilómetros más de la majestuosa Península Mitre. Debemos tomar conciencia de preservar la maravillosa naturaleza que aún existe en ella.

Agradecemos a: Martin Lawrence, Adolfo Imbert, Gabriela Touceda, Mercedes Saire.Y en especial a Oyarzun y Aldo (del Puesto La Chaira) y a Uribe (de Estancia María Luisa).


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